La vida abre sus manos como un río,
te ofrece soles, abrazos, caminos,
te regala la risa de un instante
y el temblor de lo eterno en lo pequeño.
Pero también, como un viento áspero,
te arranca lo amado sin aviso,
borra rostros, apaga hogueras,
deja en la memoria un eco que duele.
Es un pulso de dar y arrebatar,
una danza de plenitud y vacío;
nos hace ricos con lo que otorga
y nos hace humanos con lo que quita.
En esa contradicción arde su belleza:
todo lo recibido es un préstamo,
todo lo perdido, una lección,
y entre ambos extremos…
la nostalgia de haber vivido.
